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miércoles, 8 de mayo de 2013

EL JARDINERO DE HAIKUS

En una colina de Kyoto, la que había sido durante mil años la capital de Japón, hubo un parque que llegó a ser mucho más celebre que todos los demás. Y no porque contuviera una esbelta pagoda o un monasterio budista construido en sólida madera. De hecho, ninguno de los dos mil templos de la ciudad se hallaba allí.

Era un jardín modesto rodeado por arces donde crecían flores sencillas entre los caminos de piedra. Los paseantes y curiosos se acercaban atraídos por la tranquilidad del lugar, pero aún más por el singular jardinero que se afanaba en quitar las malas hierbas y regaba las plantas en las raras semanas sin lluvia.

Aquel frágil anciano caminaba muy encorvado, como si no hubiera hecho otra cosa en su vida que agacharse a limpiar y abonar el lecho donde prosperaban sus flores. En los pocos momentos que el parque no tenía visitantes, les hablaba con amor y animaba a los brotes más débiles a que se desperezaran e iniciaran su camino al cielo. Cuando llegaba la gente, se hacía el despistado faenando aquí y allá, hasta que algún niño o un adulto solitario le pedía consejo. El jardinero le regalaba entonces un haiku.

David había oído hablar de aquel hombre en el curso de literatura japonesa que estudiaba en California. Fascinado por aquellos breves poemas, trabajó de camarero innumerables fines de semana para pagarse un vuelo al país nipón y conocer al jardinero.

De camino a la vieja ciudad imperial, David ya había leído varios tratados sobre el arte del haiku, que podía resumirse en seis características:

I. Debe constar de tres versos no rimados.

II. Su brevedad permitirá leerlo en voz alta en el tiempo de una respiración.

III. Incluye alguna referencia a la naturaleza o a las estaciones del año.

IV. Utiliza el tiempo presente, nunca se proyecta al pasado o al futuro.

V. Expresa la observación o asombro del poeta.

VI. Alguno de los cinco sentidos está presente en los versos.

David se había empapado de la teoría pero seguía sin comprender la misteriosa belleza que emanaba de haikus como el del poeta Yosa Buson: 

"Sobre la campana del templo
posada, dormida,
¡una mariposa!

Tras podar un arbusto de flores amarillas, el jardinero levantó la mirada hacia el joven norteamericano. Le sonrió con familiaridad, como si llevará esperándole toda la mañana.

Tras un intercambio de reverencias y saludos, el estudiante le hizo en japonés las preguntas que había preparado:

- Maestro, dicen que usted es quien más sabe sobre este arte. Más allá de la métrica, los temas y todo eso, ¿qué es un haiku?

El jardinero fijó en el chico sus ojos diminutos y respondió:

- Ya lo dijo Matsuo Basho, "haiku es lo que está sucediendo en este lugar y en este momento".

- Aquí y ahora... Pero el poeta elige algo especial que esté ocurriendo, como una mariposa que se ha posado sobre una enorme campana,  ¿no es así?

- ¡No! - protestó el jardinero - Todo lo que ocurre es poesía, no necesitas la mariposa ni la campana.

David reflexionó un poco y luego añadió:

- Pero hay muchos instantes en los que no sucede nada bello ni remarcable.

- ¿Ah, sí? ¿Cuáles son esos instantes?

- Momentos en los que estás aburrido, agobiado o demasiado cansado para pensar en nada.

- Me estás hablando del observador, no de lo observado. Que tú estés aburrido, agobiado o cansado no significa que el mundo sea así. Sólo tienes que lavarte los ojos con agua cristalina y volverás a ver la poesía en cada cosa.

- Entiendo,  repuso impresionado. Se trata entonces de limpiar nuestra mirada, de hacer caer los filtros con los que teñimos lo que vemos ¿Es eso?

- Hablas como un doctor en budismo. Así nunca aprenderás el secreto de los haikus.

- ¿Cómo puede aprenderlo entonces, maestro?

- No puedes.

La expresión decepcionada del joven conmovió al anciano que añadió con voz dulce: 

- Voy a darte un haiku de Kito Takai para que lo entiendas:

"El ruiseñor
unos días no viene
otros viene dos veces"

Dicho esto, el jardinero tomó tomó al suelo un cubo de metal y se alejó con pequeños pasos en dirección a una fuente.

Plantado él también en medio de las flores, el estudiante meditó sobre aquellos tres versos. Tal como le había sucedido con otros haikus, apreciaba su belleza, pero no conseguía captar plenamente su sentido.

Mientras los niños correteaban por el jardín y las parejas se tornaban las manos en rincones donde creían no ser vistas, David esperó al regreso del jardinero para darle su interpretación:

- A ver si lo entiendo ... ¿El día que el ruiseñor viene dos veces es para compensar que otro día no vino?

- ¡No has entendido nada! El ruiseñor no tiene ninguna obligación de venir.

El joven se quedó mudo hasta que una grieta empezó a abrirse en su comprensión y dijo:

- ¿Qué sucede cuando no viene el ruiseñor?

- Esa es una buena pregunta. ¿Qué sucede cuando tu crees que no está sucediendo nada?

David miró a su alrededor y vió los arces mecidos por el viento, las flores que prosperaban entre los caminos, un gato dormido junto a un estanque, paseantes jóvenes y viejos. Bajo la colina donde se encaramaban el jardín, el bullicio mesurado de Kyoto.

- Siempre está sucediendo algo bello, concluyó David, sí somos capaces de apreciarlo.

- Ahora lo has dicho, sonrió el jardinero. No hay momento perdido.

Francesc Miralles
Escritor y periodista

domingo, 14 de abril de 2013

EL CUENTO DEL SECRETO DEL AGUA

La anciana Nube Gris invitó a su nieto Yuhú a dar el Paseo del Conocimiento. Los muchos años que separaban al nieto de la abuela convergieron como los lados del camino lo hacían en la mirada infinita de las dos persona que se alejaban del poblado. La tradición abría un sendero de entendimiento entre un corazón lleno de vida y otro pleno de deseos de vivir.

Nube Gris hizo sentar a Yuhú en el suelo y tomar un puñado de tierra, la arrugada mano acompañó a la joven hasta el corazón del adolescente. La anciana le hizo pronunciar el saludo con el que los hijos daban siempre los buenos días a sus madres y luego, continuo diciendo: Hijo tu corazón está hecho de la misma tierra, por eso ella siempre te amará como una madre, en ningún lugar dejarás de pisar su esencia, no te abandonará de ni de noche ni de día. Un silencio profundo acompañó en el camino hacia el centro del amor, a estas palabras.

Los pájaros del bosque con su alegría llamaban a la vida Amor.... Las ramas y las hojas de los árboles jugueteaban con las luces del alba. La anciana tomó la mano del joven y la dejó besar por la clara luz del sol. Hijo, tu fuerza está hecha de esta luz, sin ella tu corazón no puede latir, por eso el sol siempre habitará en tu interior, es la fuerza del padre. Dicho esto, comprimió esta mano sobre la primera hasta que Yuhú pudo sentir en ambas los latidos del corazón. En tu mano derecha está la fuerza y en tu izquierda la ternura, en tu corazón un latido es de padre y otro de madre, hijo, busca la sabiduría que te proporcionará el equilibrio, busca en la experiencia la prueba que da la sabiduría. Nube Gris tomó las dos manos del adolescente entre las suyas y depositó un beso, tan lleno de ternura que fue como sentir un aletear de mariposa entre los dedos.

Las dos figuras se integraron de nuevo en la dinámica del bosque y, caminaron hasta llegar a un pequeño claro dominado por la sombra. En él las gotas del rocío estaban aún en plena vida, y el musgo cubría de terciopelo unas piedras sobre las que caían, gota a gota, el agua de un minúsculo manantial. Hijo, ahora escucharás la historia de la tierra, las gotas de agua de este manantial te la contarán. El muchacho se acercó hasta poder escuchar el impacto de las lágrimas de agua sobre las verdes piedras. Tras un largo silencio de palabras el joven dijo: Abuela, no entiendo su lenguaje, me esfuerzo, pero su mensaje no me llega. La anciana llevó las manos de Yuhú al corazón del adolescente. Hijo, no es con los oídos con lo que debes escuchar...

Una melodía lejana, casi inaudible, empezó a llegar esquivando los propios latidos del corazón. Era como ruido de lluvia, pero no llovía fuera.

- Abuela, ¿Qué es eso?¿Lo escuchas tu también?

- Lo escuché.

- Siento como si lloviese dentro de mí.

- Hijo, aparte de fuego y tierra, tú también eres agua.

- Entonces, ¿por qué tengo a veces sed?

- Es la esencia del agua fluir, tal como viene se va.

- ¿Qué sentido tiene algo que no permanece, que huye... podemos confiar en ella?

- El agua guarda un gran secreto.

- Pero sí está en todas partes, ¿quién va a dar un secreto a algo tan descontrolado?

- Cuéntame abuela!!!

- Todos los ríos van a parar al gran mar. Sus aguas han visto, sentido e incluso disuelto en ellas mismas el largo camino recorrido tierra adentro. Han sentido la vida vegetal y animal en su seno, han visto tu cara, hijo, reflejada en su superficie. Todo ello lo vuelcan en el mar, allí el padre sol le da al agua la fuerza para volar y en medio del azul del cielo, escucha lo que el aire le dice.

- ¿También el aire me puede hablar?

- Ya sabes lo que hay que hacer, escucha con el corazón. Aparte de fuego, tierra y agua, tu hijo, también eres aire.

- ¿Dónde está ese aire dentro de mi?

- En tus pulmones y en tus venas.

- Lo escucharé.

- El agua se convierte después en nube.

- ¿En nube gris como tú, abuela?

- Hay nubes para vestir de algodón el cielo y nubes grises para devolver el agua a la tierra.

- ¿Por qué llevas ese nombre?

- Porque mi misión en la vida es mojar la tierra seca de la ignorancia con la sabiduría que trae el agua, con la historia de todas las tierras.

- Abuela, ¿estás lloviendo sobre mí?

La anciana sin decir palabra depositó un beso en la frente de su nieto, con la misma dulzura que la fina lluvia besa la tierra. Los dos emprendieron el camino de regreso, cuando desde lo alto de una aldea, pudieron vislumbrar su poblado, Yuhú dijo frunciendo el ceño, como intentando comprender con toda la fuerza de su mente: Abuela, si quitásemos el fuego, la tierra, el agua y el aire ¿qué quedaría?. La anciana, como si estuviese ante un discípulo aventajado, contestó con una pregunta:

Hijo mío ¿qué había en tu corazón antes de poder sentir el fuego, la tierra, el agua y el aire?

Publicación de Elisenda Gimbernat, gracias

Un abrazo

Africa

sábado, 26 de enero de 2013

CUENTO ZEN: "La Esposa o la Amante."

Un hombre preguntó a un sabio si debía quedarse con su esposa o con su amante. 

El sabio tomó dos flores en su mano: una rosa y un cactus…
 
y le preguntó al hombre:
 
- si yo te doy a escoger una flor, ¿cuál eliges?
 
El hombre sonrió
 
y dijo:
 
- la rosa, ¡es lógico!
 
El sabio respondió:
 
- a veces, los hombres se dejan llevar por la belleza externa o lo mundano. Y eligen lo que brille más, lo que valga más; pero, en estos placeres no está el amor.
 
Yo me quedaría con el cactus, porque la rosa se marchita y muere; el cactus, en cambio, sin importar el tiempo o el clima, seguirá igual, verde, con sus espinas... y un día dará la flor más hermosa que jamás hayas visto.
 
Tu mujer conoce tus debilidades, tus defectos, tus errores, tus gritos, tus malos tratos y, aun así, está contigo…
 
Tu amante conoce tu dinero, tus lujos, los espacios de felicidad y tu sonrisa; por eso está contigo.
 
Ahora, dime hombre, ¿con quien te quedarás?

viernes, 18 de enero de 2013

UN DIAMANTE EN EL CAMINO

Gudo era un maestro del emperador. sin embargo, solía viajar solo como un mendicante. Una noche en que estaba empapado y tenía destrozadas las sandalias de paja, reparó en cuatro o cinco pares de sandalias en la ventana de una granja y decidió comprar un par seco.
 
La aldeana, al verle tan mojado, le ofreció cobijo. Gudo acepto y le dio las gracias. Entonces la mujer le presento a su madre y a sus hijos. Al percatarse de que toda la familia estaba deprimida, Gudo preguntó qué les ocurría.
 
- Cuando mi marido gana en el juego, bebe y nos maltrata. Cuando pierde, pide prestado. Si está muy borracho, ni siquiera vuelve a casa.
 
- Le ayudaré - dijo Gudo - Aquí tienes dinero. Ve a comprar una jarra de buen vino y algo bueno para comer. Luego puedes retirarte. Yo meditaré.
 
El hombre de la casa regresó a medianoche, borracho y exigiendo comida. Gudo le contó cómo había llegado allí y le ofreció vino y pescado.
 
El hombre se mostró encantado. Tomo el vino y se tendió. Gudo se sentó a su lado y se sumió en la meditación.
 
Por la mañana, cuando el marido despertó, preguntó a Gudo, quien seguía meditando:
 
- ¿Quién eres tú?
 
- Soy Gudo, de Kyoto.
 
El hombre se sintió muy avergonzado y se deshizo en excusas ante el maestro del emperador. Gudo sonrió.
 
- Nada en esta vida permanece - le explicó - La vida es muy breve. Si sigues jugando y bebiendo no tendrás tiempo para nada más y harás que tu familia sufra también.
 
- Tienes razón - afirmó - ¿Cómo podré pagarte jamás por esta maravillosa enseñanza? Permiteme que lleve tus cosas a lo largo de un trecho.
 
- Si lo deseas - accedió Gudo.
 
Tras haber andado tres millas, Gudo le pidió que volviera.
 
- Sólo cinco millas más - rogó él, y siguieron adelante.
 
- Ya puedes regresar - le sugirió Gudo.
 
- Después de otras diez millas - replico el hombre.
 
- Vuelvete ya - dijo Gudo cuando las hubieron recorrido.
 
- Voy a seguirte el resto de mi vida - declaró el hombre.
 
Los maestros de zen modernos en Japón proceden del linaje de un famoso maestro que fue el sucesor de Gudo.
 
- Se llamaba Mu-nan, el hombre que nunca volvió sobre sus pasos.

lunes, 14 de enero de 2013

CUENTO ZEN: "Es su problema"


CUENTO ZEN


Sucedió que un Maestro Zen estaba pasando por una calle, cuando un hombre llegó corriendo y lo golpeó con fuerza.

El Maestro cayó. Luego se levantó y continuó caminando en la misma dirección en la que estaba yendo, sin siquiera mirar hacia atrás.

Un discípulo iba con el Maestro; se quedó atónito y dijo:

- ¿Quién es ese hombre? ¿Qué es esto?
- Si uno vive en esta forma, entonces cualquiera puede venir y matarte. Y ni siquiera has mirado a la persona y no sabes quien es, ni por qué lo hizo.

Y el Maestro dijo:
- Es su problema, no el mío.