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domingo, 19 de enero de 2014

EL ÁRBOL QUE TÚ OLVIDASTE

Recuperar la memoria ancestral de los bosques.

Déjate adoptar por un árbol viejo y poco frecuentado, comparte su silencio y quietud visitándolo de vez en cuando. Es un camino donde te llevará al corazón del bosque, el lugar donde nos hemos hecho humanos y donde siempre hemos hallado las respuestas necesarias para afrontar los retos personales o colectivos.

Cuenta la leyenda tehuelche que, en tiempos remotos, cada vez que se acercaba el invierno todos los habitantes de la Patagonia y la Tierra de Fuego - seres humanos, aves y cuadrúpedos - emigraban hacia el norte huyendo del hambre y el frío. Pero en una ocasión, cuando la tribu se encontraba ya en camino, Koonex, la curandera, se sentó, incapaz de dar un paso más. Era demasiado vieja para un viaje tan largo. Las mujeres juntaron leña y comida e improvisaron una choza con ramas y un toldo de pieles para que pudiera resistir hasta que viniera la muerte a llevársela. Entonando un antiguo canto de despedida, la anciana vio luego a su gente perderse en el horizonte. Todo quedó sumido en el silencio. Pasaron muchas lunas, la nieve y el hielo empezaron a derretirse, despuntaban las yemas de los árboles y un día llegaron al fin los primeros pájaros. Una bandada de chingolitos vino a posarse sobre las pieles de la choza, y en ese momento se escuchó la voz de la vieja que los reprendía por haberla abandonado tanto tiempo. Pero los pájaros contestaron que no habían podido quedarse por falta de alimento y abrigo. "A partir de ahora - repuso Koonex - podréis quedaros en invierno y encontraréis siempre comida y refugio". De pronto, un golpe de viento levantó el toldo y, en lugar de la curandera apareció un arbusto hasta entonces desconocido. Una frondosa mata de calafate de flores perfumadas y deliciosos frutos. Los pájaros comieron y los tehuelches esparcieron las semillas por toda la región. Desde aquel día, todos encontraron alimento incluso en el crudo invierno y no necesitaron emigrar nunca más.

Otras muchas leyendas cuentan cómo la humanidad entera fue creada a partir de los árboles. Nuestro vínculo es tan profundo que existe un pacto, más antiguo aún que el propio ser humano, por el que los animales comemos los frutos de los árboles a cambio de diseminar las semillas que contienen.  Pero más allá de este "mutualismo", hay una afinidad de lazos que nos relacionan íntima y evolutivamente con el bosque. Si lo pensamos detenidamente, los primates estamos conformados en gran medida por los árboles, junto a los que hemos coevolucionado, hasta el punto de obtener ese pulgar opuesto que nos permitía agarrarnos a las ramas. Un hecho determinante para el desarrollo de la capacidad de manipular y de cierta inteligencia. Incluso se explica como un recuerdo inconsciente de nuestras "vidas anteriores", en las copas de los árboles, el respingo que a veces damos en sueños cuando tenemos la sensación de caer. Serían largos de enumerar, por otro lado, los efectos benéficos del árbol para la supervivencia y el bienestar de los seres humanos: producen oxígeno y retienen carbono, regulan los ciclos del agua, atemperan el clima y apaciguan los vientos, albergan y nutren una gran parte de la biodiversidad de este planeta ...

Con la madera de los bosques nos hemos calentado y alumbrado durante milenios. Nuestra civilización se ha edificado en gran medida con la materia prima del bosque, e incluso la tierra fértil de nuestros campos y huertos es el bosque antiguo, cuyo humus continúa dándonos de comer. la simbiosis entre el bosque y la cultura y psicología humanas en mucho más honda de lo que pensamos. Aunque ya apenas lo recordemos, venimos de una verdadera dendrocracia, un sistema político en el que los árboles plantados en el mismo centro de los poblados presidían la sociedad y el territorio y eran testigos de las reuniones de vecinos, los pactos, las fiestas y todo tipo de encuentros.

Los árboles que hasta ayer mismo reunían a la tribu, al pueblo o la parroquia para ejercer su arcaica función tutelar, eran los viejos árboles de la palabra de África, los robles vascos, los olmos castellanos, los tejos del Atlántico europeo. .. Aún sobreviven muchos de estos venerables, y si preguntamos, los abuelos nos contarán con nostalgia una misma historia en versiones distintas: su vida transcurrió alrededor del viejo tronco que fue el añorado escenario de sus juegos de niños y más tarde el lugar donde se enamoraron... y bajo la misma sombra de hojas siempre nuevas han ido pasando las horas lentas de la vejez. El sentimiento de identificación fue tan hondo que el árbol central permanece como emblema del pueblo, la región o el país, en medio del escudo o de la bandera, pero sobre todo de la memoria de los paisanos que lo han vivido como una gigantesca y casa eterna presencia en el centro mismo del mundo. Esta querencia se ha interpretado también como un recuerdo inconsciente de nuestro pasado primate, cuando el árbol nos ofrecía la seguridad de una vía de escape frente al acecho de los depredadores.

Acabamos de bajar del árbol y ya nos hemos distanciado años luz de su raíz, pero el bosque continúa siendo la respuesta a gran parte de los retos y necesidades del ser humano, tanto individuales como sociales y ecológicos. Ni siquiera la adaptación a la vida en las ciudades puede borrar de un plumazo millones de años de coexistencia e intensa relación. Aunque cada vez nos sintamos más y más alejados, continuamos dependiendo de mil formas distintas de las conexiones vitales que nos unen al resto de los seres vivos de un modo aún más íntimo y vital a los árboles. La recuperación de este lazo puede ser crucial, no solo para la salud del planeta sino para la propia humanidad, que necesita reencontrar los caminos de regreso a la Tierra.

Hoy, como siempre, el árbol nos convoca y ofrece frutos de tantas dimensiones como seamos capaces de percibir. Buscamos con desesperación la calma perdida, el alivio del estrés y la salud psíquica y física y recurrimos a medicinas y técnicas costosas y sofisticadas.... Y muchas veces, el reposo, el aire limpio y la simplicidad y naturalidad que habitan los bosques son suficientes para devolvernos la serenidad, la alegría y la confianza. Incluso el mero acto de evocar y visualizar un paseo por la floresta, pisando la hojarasca húmeda, nos trae la calma aunque estemos en medio de una ruidosa y agitada ciudad. Por eso, dice la Canción de un árbol, de Kipling, "lo mejor que puede hacer un joven es venir a tumbarse a la sombra del Roble, el Fresno y el Espino". Y continúa desgranando estos consejos: "No se te ocurra contarle al cura tus conflictos,. Verá pecado en todos ellos. Nosotros que anduvimos vagando por los bosques en la seductora noche de verano te traemos noticias de viva voz, buenas nuevas de reses y cosechas, ahora que viene el sol desde el sur, brillando sobre el Roble , el Fresno y el Espino".

Estudios hechos en todo el mundo ya han demostrado el efecto benéfico de los árboles junto a los hospitales y en los parques de las ciudades o de las plantas ornamentales en los edificios. Su presencia ayuda a la recuperación de los enfermos, favorece el equilibrio psíquico y social, facilita el aprendizaje y el crecimiento saludable de los niños y la concentración y la eficacia en el trabajo. Se ha denominado vitamina G (G de Green, nada que ver con la riboflavina, que también recibe este nombre) a este efecto que venimos a descubrir cuando acabamos de asfaltar y vaciar nuestro entorno de bosques y vegetación.

Realmente, en el bosque se encuentran muchas de las respuestas a los problemas y retos que tiene la humanidad, ecológicos, sociales e individuales. De ahí la importancia de tomar conciencia de sus funciones a todos los niveles y devolverle el protagonismo que siempre tuvo en nuestra cultura y tradición. Más que nunca, en esta estación de la repoblación es necesario plantar y regenerar los montes y las tierras vacías, restaurar las tramas vitales desde la misma raíz, levantar el asfalto y devolver el árbol a su lugar en mitad de la plaza. Pero, sobre todo, es necesario que recuperemos la memoria de ese bosque al que todos pertenecemos, de mil modos distintos y que durante millones de años nos ha ido modelando hasta hacernos humanos.

Dice la canción del poeta y cantautor argentino Atahualpa Yupangui: "El árbol que tú olvidaste siempre se acuerda en ti". Los caminos de vuelta son infinitos, hoy te proponemos uno muy simple y placentero: Vuelve a casa. Déjate adoptar por un árbol viejo y poco frecuentado, comparte su silencio y quietud visitándolo de cuando en cuando, sin esperar nada a cambio. Descubrirás en seguida que todos los árboles son en realidad el Árbol de la Vida, y a su amparo nos sentimos acogidos y abrazados por un cielo de reamas y hojas que se agitan al viento y un lecho mullido de humus y raíces palpitantes. A partir de ahí, todos los senderos te llevarán al corazón del bosque.

Ignacio Abella
Naturalista y escritor

jueves, 1 de marzo de 2012

AFINAR LA INTUICIÓN



La capacidad intuitiva es una herramienta de gran utilidad para solucionar los problemas cotidianos y sirve como luminosa guía para tomar decisiones.

Algunas pautas para desarrollarla son:

1.- CULTIVA LA TRANQUILIDAD

Crear un estado de calma ayuda a parar el intelecto y facilita percepciones clarificadoras.
El silencio y los ritmos pausados nos preparan para sintonizar con la intuición.

2.- VISUALIZAR EN UNA PANTALLA BLANCA

Imagina que ante ti hay una pantalla blanca y disponte a ver lo que ella quiere mostrarte. No juzgues lo que pase. Después de la experiencia, preguntate sobre los mensajes recibidos.

3.- SUPERA EL MIEDO A LO DESCONOCIDO

Abandonar la certeza racional para adentrarse en tu capacidad intuitiva puede engendrar miedos y dudas. Familiarizarse con la incertidumbre nos permite abandonarnos y fluir.

4.- DEJA ESPACIO PARA EL TRABAJO PASIVO

El trabajo activo, como leer o pensar para elaborar un tema, tiene que alterarse con un trabajo pasivo de integración, como la meditación. La intuición requiere espacios de descanso.

5.- PROFUNDIZA EN AUTOCONOCIMIENTO

Escucha a tu cuero para conocer tu estado de salud. Deja que tus emociones sean tu guía en tu quehacer cotidiano. Y explora tus ideas para ser consciente de tus verdades.

6.- EXPLORA MÁS ALLÁ DE LO ESPERADO

Cuantas menos expectativas tengas, más abierto estarás a la intuición. Si dejamos de lado las creencias de cómo tienen que ser las cosas, lograremos una consciencia más amplia.

7.- ENTRA EN EL MUNDO DE LOS SUEÑOS

Ene e lenguaje confuso de os sueños se esconde información sobre lo que nos preocupa. Bucea en tus imágenes y preguntate qé significan para ti y cómo pueden ayudarte.

8.- ESCRIBE UN DIARIO DE TU INTUICIÓN

No dudes en escribir tus sueños y las sensaciones que te hayan suscitado. Registrar tus destellos intuitivos te servirá para comprenderlos mejor y repasarlos más adelante.

9.- FLUYE CON LOS ACONTECIMIENTOS

Observa cómo las relaciones y las cosas que ocurren en tu vida no son fortuitas sino que encajan en un orden que no puede explicarse mediante la razón.

Susanna Tres

Texto extraído de la revista MENTE SANA

lunes, 26 de septiembre de 2011

ANTES DE LA MEDITACIÓN

 Meditar temprano por la mañana y en un lugar especialmente diseñado y aislado del ajetreado mundo exterior sin dudas aumenta nuestra capacidad de concentración. La postura, la respiración y los mudras ayudan también a perdernos en nuestro interior, pero de todos modos es difícil ingresar sin preámbulos en el estado meditativo. Para relajar el cuerpo y la mente antes de cada sesión es bueno realizar el siguiente ejercicio, que relaja la mente y el cuerpo y nos prepara para empezar a meditar.


Ejercicio de relajación

 
  1. Colocamos una vela (que puede ser aromática o no) a la altura de los ojos, y la encendemos.
  2. Asumimos la postura del sastre y el mudra de la contemplación.
  3. Nos concentramos en la llama de la vela, tratando de limpiar la mente y de dirigir toda nuestra atención hacia ella.
  4. Sin cerrar los ojos ni alejar la vista de la llama, visualizamos que su luz ingresa a nuestro cuerpo con cada inhalación.
  5. Visualizamos que con cada exhalación dejamos escapar todas las tensiones, físicas y emocionales, de nuestro cuerpo.
  6. Cerramos los ojos y llevamos la atención a nuestra pierna derecha. Vemos cómo una llama, similar a la de la vela, se enciende allí.
  7. Hacemos lo mismo con la pierna izquierda, luego con el brazo derecho, luego con el izquierdo y después en el pecho, en la zona de la pelvis y, finalmente, en la cabeza.
  8. Visualizamos todo nuestro cuerpo, como si nos estuviéramos viendo desde arriba. Vemos cada llama, y observamos cómo de a poco van creciendo hasta cubrirnos por completo con su luz.
  9. Visualizamos cómo la luz empieza a exceder nuestro cuerpo, como una llama que crece y cubre no sólo nuestro cuerpo físico sino el aire que rodea nuestro cuerpo, hasta formar un halo alrededor nuestro.
  10. Abrimos los ojos poco a poco y deshacemos el mudra y la postura corporal lentamente, hasta quedarse parados de pie. 

¿DÓNDE MEDITAR?

La meditación requiere de silencio, calma y paz. Podemos alcanzar este estado en cualquier lugar, pero si el ambiente tiene un nivel de hostilidad alto, se requerirá mucho más esfuerzo de nuestra parte para concentrarnos. Especialmente al principio, cuando no estamos acostumbrados a suspender el pensamiento y entregarnos a la energía cósmica.
 
Por eso, es muy bueno preparar un lugar especialmente para meditar. Puede ser una habitación en la casa o tan sólo un rincón, pero es importante que reúna las siguientes características:
 
Debe ser limpio y ordenado. Un ambiente desordenado señala una personalidad caótica, que tiene problemas para organizarse, o que no se preocupa por el orden. La meditación nos enseña a alejarnos de lo material para acercarnos a los espiritual, y por lo tanto los pocos objetos que se encuentren en la habitación deben estar ordenados y limpios.
 
El aire y la luz del sol deben invadir el lugar. Es importante que la habitación cuente con una ventana o ventanal amplio, que deje entrar la luz del sol. Y también es necesario abrir la ventana (incluso en invierno) para que el aire viciado salga y el lugar se renueve con aire puro y fresco. La iluminación artificial debe ser evitada tanto como sea posible, y cuando sea inevitable, es importante asegurarnos que sea blanca y no amarillenta.
 
La decoración debe ser escasa. La meditación es muy disciplinada y fomenta la austeridad. Cuadros llamativos, muebles grandes y aparatosos, alfombras muy mullidas son cosas muy agradables y bonitas, pero no para el cuarto de meditación. Lo mejor es que esté pintando de blanco y tenga una manta o un almohadón donde sentarse para meditar, además de un pequeño altar para colocar velas aromáticas o sahumerios. Se puede decorar el lugar con flores o plantas, pero es importante que estén muy sanas, y que las hojas o flores que se les caigan se retiren para no ensuciar el lugar. Si hay una ventana, lo más preferible es que pueda verse el cielo o un paisaje verde; si la ventana da a la calle o deja ver un edificio, es mejor colocar unas cortinas discretas y finas que dejen pasar la luz del sol.
 
No debe haber mucho ruido. Es importante que a la habitación no lleguen ruidos de la calle ni de otras partes de la casa. Muchas personas instalan su sala de meditación en las terrazas, en cuartos, en el patio o jardín, o incluso en los sótanos (siempre que tengan ventanas, que los bañe la luz del sol y que sean muy aireados), porque de este modo se alejan del ajetreo propio de todo hogar.
 
Puede contar con un equipo de música. La música puede ayudarnos a alcanzar un estado meditativo más profundo. Se recomienda utilizar música clásica o los CD con sonidos naturales (que traen, por ejemplo, ruidos de olas rompiendo en la playa, pájaros cantando o el viento meciendo las hojas de los árboles). En este caso es muy importante personalizar y elegir la música que más hable a nuestros corazones, poco importa su origen o género siempre que nos ayude a relajarnos. Sin embargo, es importante recordar que la música instrumental es mejor; cuando se trata de canciones con letra, tendemos a distraernos más.
 
Ayuda tener sahumerios y aceites esencia/es. Se pueden utilizar velas aromáticas, inciensos, sahumerios y aceites para hornillos. Existe una gran variedad de aromas para elegir; lo mejor es utilizar los más suaves, como por ejemplo: 

• Almendra
• Damasco
• Durazno
• Eucalipto
• Jazmín
• Lavand
• Lila
• Pasionaria




• Pera
• Rosa
• Ruda

Cuando no contamos con una habitación extra para dedicar a la meditación y consagramos un rincón de la casa a esta práctica, es importante seguir estos mismos consejos, y que se apliquen no sólo a la zona donde meditaremos, sino a toda la habitación. Mucha gente elige meditar en su dormitorio, otra prefiere hacerlo en la sala de estar; lo único que importa es que se mantenga el lugar limpio, ordenado, bien aireado e iluminado con luz natural.

Un último detalle que debe tomarse en cuenta a la hora de meditar es nuestra vestimenta. La ropa que usemos debe ser, ante todo, holgada: las prendas ajustadas no permiten al abdomen relajarse y expandirse, haciendo más difícil la respiración profunda. Además, debe ser ropa que nos quede cómoda y nos permita mover las piernas y brazos con facilidad. Y se prefieren las prendas de materiales naturales, como la seda, el algodón o el lino, en vez de lycra, poliés-ter u otro material artificial.

También es muy recomendable meditar descalzados.

LA MENTE EN BLANCO

Como ya se dijo, el objetivo de la meditación es encontrar a nuestro Ser interior, y esto sólo puede lograrse superando la polaridad de los dos hemisferios del cerebro. Ahora bien, lo que más nos distrae a la hora de buscar este equilibrio no es el entorno en que nos encontramos, los objetos que nos rodean, sino nuestras propias ideas.

El discurrir de la mente, los pensamientos, se suceden en nuestra Tiente en forma casi involuntaria.

El ser humano piensa, analiza, recuerda y reflexiona constantemente. Incluso cuando dormimos el cerebro se mantiene activo, por medio de los sueños.

Sentarse a meditar es asumir una postura especial, un mudra específico y un ritmo respiratorio lento, pero también es poner la mente en blanco. Suspendiendo el pensamiento llevamos la atención a nuestro espíritu, y más que pensar, empezamos a sentir la comunión con el Ser y el Universo.

¿Cómo podemos suspender el pensamiento? Con práctica. Las personas que recién se inician en la práctica de la meditación padecen la irrupción de pensamientos no deseados. Intentan poner la mente blanco y se encuentran con que la mente se niega a apagarse, y sigue produciendo ideas.

¿Qué debemos hacer entonces? ¿Rechazarlo? No: cuando reprimimos un pensamiento, lo único que logramos es que éste regrese con más fuerza. Lo que debemos hacer ante esta situación no es tratar de escapar del pensamiento, sino seguirlo.

Por ejemplo: estamos meditando y de pronto, nos damos cuenta de que lejos de concentrarnos en el silencio, estamos pensando en lo que debemos hacer esa tarde. Entonces, seguimos esta idea.

Repasamos la lista de cosas que se nos aparece. No la profundizamos, no la analizamos, sencillamente la dejamos ser. Una vez que repasamos todos los ítems, el pensamiento se diluirá otra vez. El truco está en seguir al pensamiento que se nos presenta, pero sin profundizarlo.

¿Por qué el pensamiento se resiste a ser suspendido? Porque a un nivel inconsciente, da miedo suspenderlo. Conectarse con el Ser interno es ver y sentir todo lo que somos en realidad. Y aunque que-rramos hacerlo, aunque en un nivel consciente sabemos que es lo mejor para nuestro crecimiento personal, los temores inconscientes no se dejan convencer por argumentos racionales.

El miedo más común es que una vez revelado nuestro verdadero Ser, no nos gustemos. Y en este juicio de valor pesan las expectativas (propias de y de los otros), lo que la sociedad nos ha enseñado, lo que nos dicen que debemos ser. El miedo a ser diferente, y a ser rechazado como consecuencia de esto, es muy paralizante, y lleva a la mente a crear distracciones que nos alejen del camino hacia el auto-descubrimiento. Podemos ejercitar la suspensión del pensamiento antes de empezar a meditar, de la siguiente manera:

1)  Nos sentamos tranquilos en el lugar donde meditaremos, sin asumir ninguna postura corporal en especial, y ponemos música (cualquier tipo, no importa, preferentemente una que no conozcamos demasiado bien).

2)  Escuchamos la melodía, la letra, los instrumentos, seguimos el ritmo. No cantamos ni nos movemos al ritmo de la música: simplemente la percibimos.

3)  Focalizamos toda nuestra atención en la música. No la analizamos, ni la tratamos de memorizar: tan sólo la sentimos.

4)  Puede ser que la música dispare una idea, o que nos traiga algún recuerdo. Debemos entonces dejar que este pensamiento sea, pero sin seguirlo, y una vez que se haya diluido, volver a concentrarnos en la melodía.

5)  Una vez que podamos escuchar una canción entera sin distraernos, habremos aprendido a dejar la mente en blanco.

La resistencia de la mente a ser suspendida va cediendo poco a poco, en forma gradual, y a veces errática. Si un día estamos muy calmados, relajados, sin problemas o tensiones, será más sencillo concentrarnos en la música y dejar afuera todo pensamiento. Pero si la noche anterior hemos dormido mal, si estamos bajo mucho estrés o con algún problema grave, será más fácil abstraemos del discurrir de la mente.

Es necesario, entonces, perseverar, y no rendirse ante los obstáculos que sin duda aparecerán.

¿CUÁNDO MEDITAR?

Ya establecimos la importancia de meditar todos los días. Pero, ¿en qué momento del día?

Lo más recomendable es temprano por la mañana, inmediatamente después de despertarnos y antes de desayunar. Meditar es energizarse y por lo tanto lo ideal es hacerlo antes de enfrentar una nueva jornada.
 

¿Por qué tan temprano? ¿Por qué en ayunas? Porque el organismo humano se purifica durante la noche. Si logramos conciliar un sueno profundo y reparador, el cuerpo, la mente y el espíritu se relajan, recargan energías y se deshacen de las toxinas que produjo el organismo durante el día. Pero el estrés empieza a atacarnos desde muy temprano, en el mismo momento en que, ya vestidos, desayunando, empezamos a planear nuestro día.

La meditación es mucho más profunda y beneficiosa cuando se realiza en el único momento del día en que estamos realmente purificados y libres de energía negativa, y además nos ayuda a ponernos una armadura que evitará que los factores externos turben nuestro equilibrio interior.

En este punto es importante, una vez más, la constancia. El horario en que se practica la meditación debe ser el mismo todos los días. Meditar es, al fin y al cabo, como ir al gimnasio. La mente nos pondrá muchas barreras en nuestro camino hacia el auto-descubrimiento, se distraerá, seguirá generando ideas aún cuando busquemos librarnos de ellas, se dejará seducir por un ruido para romper nuestra concentración. La regularidad es una forma de sortear estos obstáculos: cuando se asigna una cantidad de tiempo específico a la meditación, la mente cede un poco y se relaja, porque sabe (aunque más no sea inconscientemente) que el resto del día estará activa. Además, temprano por la mañana, la mente aún no se ha despertado del todo y puede entregarse a la meditación con menor resistencia.

En cuanto a la duración de cada sesión, ésta debe ser igual cada jornada. Puede ir aumentándose poco a poco conforme nos vamos volviendo meditadores expertos. Generalmente, se inicia con una rutina de no más de 10 ó 15 minutos, que se irá prolongando casi por sí misma: al aumentar nuestra capacidad de concentración, cada ejercicio se alarga inconscientemente. De todos modos, se recomienda no exceder los 45 minutos de práctica diaria.

Los maestros orientales, por supuesto, pueden meditar por horas sin parar, pero lo que nosotros buscamos es energetizar nuestro cuerpo y preparar nuestra mente para estar activos todo el día, y los maestros, muy por el contrario, buscan entregarse a la serenidad y la inmovilidad eternamente, como forma de entrar en comunión con el Universo.

Quienes meditan temprano por la mañana hablan constantemente de los beneficios de este horario. El día se empieza con otro ritmo, sintiendo el cuerpo relajado y lleno de vigor, y la mente clara y despejada.

Es verdad que no resultará fácil al principio acostumbrarse a meditar tan temprano. Algunas personas afirman que no tienen tiempo para meditar durante la mañana, porque se despiertan y no tienen más de media hora para desayunar, prepararse, vestirse y salir para el trabajo. Y tienen razón: en esa rutina no hay tiempo para meditar. La solución es muy sencilla: deben levantarse más temprano. Lo que puede parecer aún más difícil, y sin dudas lo será las primeras veces. Pero después de algunos días, al ir notando los beneficios, se vuelve más sencillo hacerlo.

LOS OJOS ¿CERRADOS O ABIERTOS?

El budismo tibetano recomienda que los ojos se mantengan abiertos durante la práctica de meditación. La escuela del Zen también indica esto, afirmando que es necesario ver el mundo exterior mientras buceamos en nuestro interior. Se trata de buscar el Ser verdadero al mismo tiempo que se tiene conciencia de lo tangible. Todo lo que el ojo ve ingresa a la mente; como durante la meditación dirigimos toda nuestra atención hacia dentro, los estímulos visuales quedan alojados en la mente inconsciente.

Por el contrario, muchas otras tradiciones orientales recomiendan meditar con los ojos cerrados o, como mucho, entreabiertos, para así concentrarse sin distracciones en el ritmo de la respiración. En este caso, se afirma que de la misma manera que la mente se libra de todo pensamiento, el espíritu debe aislarse de todo estímulo.

Por supuesto, el oído no se puede apagar, ni el olfato, el tacto o el gusto; pero al menos la vista puede detenerse momentáneamente cerrando los ojos.

Sin embargo, no todas las escuelas de meditación afirman que es necesario aislarse de los estímulos del mundo exterior. No es poco común meditar mientras se escucha una música especial, o con una vela aromática o un sahumerio encendido. Y también hay maestros que meditan fijando la vista en la llama de la una vela encendida, por ejemplo. En estos casos, se procura crear estímulos para los sentidos que ayuden a la persona a adentrarse en su interior.

Un argumento indiscutible a favor de la meditación con los ojos cerrados, incluso cuando se practica meditación Zen o tibetana, tiene que ver con la primera dificultad que los occidentales debemos superar a la hora de empezar a meditar: las constantes distracciones que se nos presentan.

Cerrar los ojos es una forma de alejarnos de ellas un poco.

Lo más recomendable, entonces, es empezar a meditar con los ojos cerrados y luego, progresivamente, ir abriendo los ojos, un poco más cada sesión.

Pero cerrar los ojos o no es, en última instancia, una decisión personal. No hace ningún mal probar meditar de las dos maneras, al igual que se prueban las diferentes posturas corporales hasta encontrar la que nos resulta más cómoda.

RECOMENDACIÓN DEL DALAI LAMA


"Dalai Lama" es el título de la máxima autoridad de la religión budista y soberano del Tíbet. Se lo considera la reencarnación de un espíritu divino, que tras la muerte de su cuerpo más reciente, pasa a ocupar otro nuevo. El Dalai Lama actual, Tenzin Gyatso, es un líder espiritual, religioso y político muy importante que además de luchar por la liberación del Tíbet se ocupa de propagar y dirigir la fe budista.
 
La meditación siempre ha ocupado un lugar central en el budismo, que reconoce la existencia de varios Budas (que no es un dios, sino los maestros que han alcanzado la Iluminación), entre ellos el Buda cósmico, llamado Vairocana. El Dalai Lama recomienda, justamente, meditar siguiendo los "Siete Puntos de Vairocana":
 
Las piernas se mantienen cruzadas según la postura del loto o del sastre.
  1. Los ojos se mantienen abiertos, "afirmando así el mundo".
  2. La espalda se mantiene erguida, "como una flecha".
  3. Los hombros se mantienen nivelados y relajados.
  4. La mirada se mantiene recta (demasiado baja, causaría somnolencia, demasiado alta, causaría inquietud).
  5. La boca se mantiene ligeramente abierta.
  6. La lengua se apoya contra el paladar.

INDICACIONES GENERALES

Antes de meditar, es muy recomendable hacer algún tipo de estiramiento, al menos moviendo en forma circular los tobillos, las antepiernas, la pierna completa, el cuello, las manos y los brazos (doblándolos a la altura de los hombros y de los codos).

• Cuando las piernas están cruzadas, las rodillas deben estar más abajo que la pelvis.

• Si la sesión de meditación es muy prolongada, es bueno estirar las piernas por unos minutos cuando comiencen a adormecerse, y luego regresar a la postura elegida.

• La espalda debe estar erguida, pero siempre relajada y jamás rígida.

• La nariz debe estar alineada con el ombligo.

• Los brazos deben estar sueltos.

• Los hombros se deben mantener a la misma altura.

• Una vez asumida la postura, es conveniente tomarse unos minutos antes de empezar a meditar para observar y sentir el cuerpo.

• Al terminar de meditar, hay que salir de la postura elegida lentamente, porque si la sesión ha sido larga, el cuerpo se endurece.

CUANDO MEDITAR


La práctica diaria de la meditación
 
A lo largo de los siglos, Oriente ha desarrollado diferentes tipos de meditación, y aquellos que mejor se adaptan al estilo de vida y la mentalidad occidental se encuentran detallados en los capítulos siguientes. Pero todos comparten ciertas indicaciones sobre la postura, los mudras (los gestos que se realizan con las manos), la respiración, el espacio donde se medita, la regularidad de la práctica y la duración de los ejercicios de meditación.
 
No es recomendable iniciarse en la práctica diaria de la meditación sin conocer a fondo estas pautas, porque ellas no son limitaciones que se imponen a la práctica de la meditación, sino que son la forma de optimizar al máximo la intensidad y profundidad de ésta.
 
¿Hay que meditar todos los días?
 
La meditación es un estilo de vida. Es una forma de encarar la vida. No es algo que podemos hacer a veces sí y a veces no.
 
Pero tampoco es una obligación, ni una responsabilidad. No es un compromiso. Nadie ni nada nos obliga a meditar: nosotros elegimos recorrer este camino, y debemos encontrar dentro de nosotros mismos la fuerza para superar los obstáculos que se nos presenten.
 
Es decir que la constancia es imprescindible. La meditación resulta beneficiosa cuando es un hábito. Practicarla regularmente es la única forma de vencer al estrés y las tensiones. El mundo nos bombardea constantemente con problemas que pueden desequilibrarnos, y si queremos combatirlos, nuestro espíritu debe fortalecerse. Hay que pensar en la meditación como los obreros que van construyendo una poderosa muralla que defenderá a nuestro interior de las agresiones que provienen de afuera. Si la edificación de esta muralla avanza a paso sostenido, nos volvemos más fuertes cada día. La energía negativa embiste contra nosotros y trata de hacer huecos en esta muralla, para poder colarse en nuestro interior.
 
Ahora bien: si bajamos nuestra guardia, no habrá nadie que arregle el hueco. La energía negativa nos invadirá y, ya en nuestro interior, podrá expandirse por todo nuestro Ser. Todo lo que habíamos logrado hasta ese momento empezará a perderse. Y recuperar el terreno perdido será muy difícil.
 
La meditación debe ser diaria, porque nuestra alma necesita conectarse con el Universo todos lo días. Alcanzar la plenitud toma tiempo, trabajo y esfuerzo: no se logra con la primera serie de ejercicios. Cada día avanzamos un poco más, nos acercamos un poco más a la meta. Dejar pasar un día es igual a dar un paso hacia atrás, algo que además nos desanima muchísimo, y así nace en nosotros la tentación de no meditar tampoco al día siguiente, ni al otro, ni al otro. Se produce un efecto de "bola de nieve"; los problemas se van acumulando, la claridad se va perdiendo, el equilibrio se desmorona.
 
Pero meditar no es un peso. Quien recién se inicia en la práctica de la meditación probablemente se encuentre con varios obstáculos. Quizás no logre concentrarse bien las primeras veces, o no encuentre la forma de librar su mente de todo pensamiento, o se encuentre incómodo asumiendo la postura corporal indicada. Esto es porque nuestro cuerpo y nuestra mente no están acostumbrados al silencio. Lo que necesitamos hacer, entonces, es perseverar.
 
¿Cuáles son los motivos más comunes por los que nos vemos tentados a dejar pasar, al menos por un día, la práctica de la meditación?
 
Básicamente, dos:
 
1)  impaciencia: nuestra mente y nuestro cuerpo están acostumbrados al movimiento. Así, los ejercicios de meditación pueden parecer al principio bastante aburridos, demasiado largos, sin beneficios claros. Las primeras sesiones son sin dudas las más difíciles de sortear, porque esperamos resultados inmediatos, una exigencia típica en nuestra vida moderna. Pero la meditación trabaja a otro ritmo. No hay que olvidar que, justamente, practicar meditación es una forma de aprender a ser más paciente.
 
2) Miedo: meditar es conocerse. Y no hay nada más atemorizante que mirar adentro nuestro. "¿Qué pasa si no me gusto?", se pregunta mucha gente. El miedo es muy paralizante: si le tememos a algo, tratamos de evitarlo. Meditar es enfrentarnos con este miedo primordial. La clave para superarlo es recordar en todo momento que gracias a la meditación podremos acceder a un estado de armonía donde sentiremos paz y estaremos en comunión con el Universo. Si mantenemos en mente este objetivo final obtendremos el valor necesario para continuar meditando cada nuevo día.
 
Con el paso del tiempo, la práctica nos ayudará a superar cualquier obstáculo que surja, porque veremos cómo nuestra vida se va modificando poco a poco gracias a la claridad que otorga la meditación.
 
Cuando la sensación de plenitud aparezca en nuestros corazones, veremos cuánto hace por nosotros la práctica diaria y regular de la meditación. Entonces, meditar ya no será una obligación. Será parte de nuestra rutina diaria, algo que hacemos porque sabemos que nos hace bien, y que ya no nos cuesta llevar a cabo.

BENEFICIOS PARA EL CUERPO FÍSICO

Más energía

¿Cómo puede ser que la meditación nos brinde más energía? Si no es más que estarse sentado, en silencio, sin hacer nada, incluso tratando de no pensar en nada... pues, mientras dormimos tampoco "hacemos nada"... Y, sin embargo, todos sabemos que cuando estamos cansados, lo único que tenemos que hacer para obtener más energía es dormir un poco.

Meditar es tomarse un tiempo lejos de todo lo que nos quita energía. Los problemas nos la quitan. El miedo, el dolor, la tristeza, todos los sentimientos positivos consumen energía a rápida velocidad. Meditar es una forma de relajación y por lo tanto es una forma de llenarnos de la vitalidad que perdemos al estar desconectados con nuestro Ser interior.

Existen pruebas científicas de que durante la meditación el cuerpo se llena de energía. El ritmo cardíaco y respiratorio disminuye durante la meditación; por lo tanto, las células que trabajan en nuestro corazón, pulmones y sistema sanguíneo en general, trabajan menos. Para funcionar, las células consumen el oxígeno que respiramos (es su combustible); el proceso por el cual hacen esto se llama metabolismo. Cuando el consumo metabólico se reduce, las células descansan, y tienen tiempo para regenerarse. Una vez que acabamos de meditar y regresamos a nuestras actividades diarias, contamos con más y más descansadas células, que pueden trabajar más y mejor.

Dicho en pocas palabras: meditar es suspender por un momento el consumo de energía y, al mismo tiempo, producir más.

Mejora la salud del corazón y los pulmones

La íntima relación que existe entre la mente y el cuerpo hace que la calma y el equilibrio que nos puede brindar la meditación también tenga efectos físicos concretos. El más claro de todos tiene que ver con las consecuencias principales del estrés: los problemas cardíacos y respiratorios.

Los latidos de nuestro corazón se aceleran cuando las preocupaciones nos agobian. Pueden llegar a tomar una velocidad que produce dolor de pecho o, en casos extremos, fallas cardíacas. Un problema coronario muy común tiene que ver con la obstrucción de las arterias: muy poca cantidad de sangre puede pasar por ellas, o ninguna.

La meditación nos relaja y por lo tanto disminuye la velocidad de nuestra alma, nuestro cuerpo y nuestra mente. De la misma manera que se suspenden los pensamientos, se reduce la actividad dentro del organismo (si se detuviera, moriríamos, pero en algunos casos, los maestros más experimentados pueden llegar casi a suspender su respiración y el latido de su corazón). La sangre fluye por nuestro cuerpo más libremente, más lenta, pero con la oportunidad de llegar a cada rincón. Así, los músculos se oxigenan mejor y se eliminan los dolores y las contracturas.

La respiración se influencia de la misma manera: se reduce su ritmo, tomamos bocanadas de aire más lentas, que ingresan más profundamente en nuestros pulmones, y que por lo tanto nos energizan mejor.

Reduce el dolor

La meditación reduce la producción de una enzima llamada lactato (que aumenta cuando los niveles de estrés son altos), además de disminuir el ritmo cardíaco y la presión sanguínea. Todo esto, sumado a las ondas cerebrales alfa, ha hecho que algunos hospitales utilicen la meditación como un método para reducir el dolor y fortalecer el sistema inmune de los enfermos terminales.

El dolor no es más que un estímulo creado por nuestro cerebro, que lo utiliza como forma de alerta: cuando algo funciona mal, duele. Así, sabemos que es necesario consultar al médico. La meditación influencia el funcionamiento del cerebro y modifica las reacciones químicas en su interior (que son las que causan las sensaciones). Al igual que la claridad mental aumenta durante la meditación, también aumentan las reacciones químicas placenteras, y así como la claridad permite una mayor autoestima, los cambios en el cerebro disminuyen las sensaciones de dolor.

Combate el insomnio y las alteraciones del sueño

Cuando vivimos muy tensionados, anhelamos poder descansar. Pero cuando el día termina y por fin nos recostamos, las tensiones que nos acompañaron durante toda la jornada siguen presentes en nuestro cuerpo y en nuestra mente. Las preocupaciones no siempre quedan en la oficina, y siguen atormentando a nuestro espíritu hasta altas horas de la noche.

Esto causa insomnio y, cuando por fin logra conciliarse el sueño, produce pesadillas o nos hace imposible alcanzar un estado de sueño profundo: quedamos en un estado más ligero, más vulnerable, al que cualquier estímulo externo (un ruido, por ejemplo) puede poner fin.

La meditación nos brinda durante la vigilia una calma, que se traslada al sueño. Se practica casi siempre en las primeras horas de la mañana, preparando así el cuerpo para las tareas físicas y mentales que tendrá que enfrentar. A lo largo del día, gracias a la claridad que nos brindó la meditación, gastamos energía en forma sabia y medida. Así, al llegar la noche estamos cansados, pero no agotados. Queremos dormir, pero no porque necesitamos relajarnos, no para poner fin al día, sino para completar el círculo que se inició a la mañana y poder iniciarlo nuevamente al día siguiente.

Regenera el organismo

La meditación nos ayuda a estimular la producción de nuevas células, pero también nos enseña a hacer mejor uso de ellas. Porque el relax que otorga no sólo elimina el dolor o mejora la circulación, sino que favorece el metabolismo del cuerpo en general, es decir, optimiza el consumo de sus recursos.

Los nutrientes que ingresan al cuerpo por medio de la alimentación, y el oxígeno que respiramos, son el combustible de la vida. Cada movimiento físico que hacemos, y también cada pensamiento que tenemos, implica que hemos consumido un poco de este combustible. Si nos tensamos, el consumo aumenta, pero no los resultados.

Vivir estresado es como vivir corriendo en círculos: nos movemos sin parar, pero no llegamos a ningún lado.

El principal beneficio de la meditación es, sin dudas, que nos lleva a consumir más inteligentemente este combustible. No lo aprendemos conscientemente, no tenemos que esforzarnos para gastar menos: es algo que hacemos instintivamente, cuando la mente está despejada, y el cuerpo, relajado.

El organismo humano tiene la capacidad de regenerarse solo. Las células mueren a cada instante, pero antes crean otra que la reemplace. La sangre recorre nuestro cuerpo, se limpia en el corazón y vuelve al ruedo. La energía vital se consume, pero no se agota. Al igual que el amor genera amor, de la misma manera que si ofrezco amistad recibo amistad, un cuerpo en equilibrio produce todo lo que necesita para funcionar.

Existen varias enfermedades que se producen cuando las células del cuerpo se enferman, y el organismo no llega a regenerarlas. El Mal de Alzheimer (que no tiene cura) es, por ejemplo, una de ellas.

Algunas teorías aseguran que el cáncer también. Y los males degenerativos, el envejecimiento prematuro y la pérdida de la memoria también tienen que ver con la degradación celular. Cuando ésta se evita, se reduce el riesgo de sufrir estas dolencias.

APRENDEMOS A SER PACIENTES Y A TENER UNA VISION OPTIMISTA

 
 
Una vez que nos encontramos en equilibrio, descubrimos que el tiempo no es más que una categoría humana, que sirve para organizar nuestra agenda, pero que no tiene nada que ver con las emociones o la inteligencia.
El escritor checoslovaco Jaroslav Seifert (Premio Nobel de Literatura en 1984) escribió una vez que "el tiempo nos trata despiadadamente, no le importa nuestra tristeza". Y tenía mucha razón. Suena el despertador por la mañana y es hora de levantarnos, y de salir rumbo a la oficina para empezar a trabajar. Poco importa lo que sintamos en nuestro interior. Quizás esa mañana somos presas de una tristeza cegadora. O quizás todo lo contrario, y una alegría muy grande nos hacer estar distraídos. En cualquiera de los dos casos, no estamos listos para trabajar.
Por supuesto que no podemos romper todos los relojes del mundo y dictaminar que el tiempo es dañino. El tiempo es necesario: si tuviéramos todo el tiempo del mundo para hacer algo, muy probablemente no lo haríamos nunca. Pero cuando contamos con un tiempo reducido, cumplimos con la tarea.
La meditación nos ayuda a suspender el tiempo por un rato. Entramos en un estado donde no hay pasado ni futuro, donde las horas ya no corren. Es esta una de las razones por las que nos brinda calma: porque nos ayuda a escapar por un rato de la tiranía del reloj.
La claridad que la meditación nos brinda nos enseña a esperar tranquilamente. La solución llegará, tan sólo hay que aguardar por ella y estar atento para verla venir. Esto no es más que ser paciente. Porque paciencia es, justamente, lo que ganamos con la práctica de la meditación.
Nos brinda una visión más optimista
Le meditación nos permite lograr una claridad mental donde los problemas se relativizan. Las adversidades de pronto no parecen tan insuperables, sino todo lo contrario; atrapados en la polaridad del mundo tangible, no vemos que todo lo negativo tiene una contraparte positiva: los problemas tienen una solución, y si no la vemos están sólo porque algo nos ha cegado. Meditar quita el velo que está delante de nuestros ojos y nos ayuda a encontrar esa solución.
Además, la meditación aplaca la ansiedad y purifica los sentidos, agobiados por el trajín diario. Así, nuestra mente racional y nuestra intuición pueden percibir cosas que antes pasaban desapercibidas.
De este modo, aprendemos a confiar en nosotros mismos. En la calma que alcanzamos por medio de la meditación, nuestra capacidad de razonar y nuestra intuición se alían para mostrarnos el camino. Nos damos cuenta entonces de que no hay problemas que no podamos solucionar. Nuestra autoestima se eleva como un cohete.
Y ganamos, más que nada, una nueva visión de la vida, una que está cargada de optimismo. Ningún problema parece ya insuperable. Sabemos que hay una respuesta para toda pregunta y, pronto, pasamos a ser de una de esas personas que siempre ven el vaso medio lleno.
Vivir con optimismo es una forma de evitar que las energías negativas ingresen a nuestro cuerpo. Es un estilo de vida; es al mismo tiempo la solución de nuestros problemas y una forma de prevenir la aparición de otro en el futuro. Porque cuando nos sabemos hábiles, cuando confiamos en nuestra inteligencia y nuestros sentidos, si contamos con una auto-estima alta, los altibajos de la vida nos parecerán justamente eso: altibajos, baches temporales, pequeños obstáculos.
Nuestro Ser interior conoce el secreto para superar cualquier contrariedad. Meditar es permitirle que nos los diga.

BENEFICIOS PARA EL CUERPO EMOCIONAL

Permite el equilibrio emocional

Un electroencefalograma es un estudio médico que permite crear un gráfico donde se representa la actividad del cerebro. Éste produce ondas cerebrales de diferentes frecuencias que pueden verse en el gráfico y que se llaman alfa, beta, theta o delta según su intensidad:

•  Delta son las ondas que el cerebro produce durante el sueño.

•  Theta son las que produce cuando estamos cansados o en estado de somnolencia.

•  Beta son las que produce mientras estamos despiertos y activos.

•  Alfa son aquellas que produce cuando meditamos.

Las ondas alfa aparecen cuando el cuerpo y la mente están muy relajados, pero sin que perdamos conciencia de ellos (lo que sí sucede mientras dormimos). Y además implica que estamos muy alertas.

En estado alfa, los dos hemisferios del cerebro están funcionando en armonía, e incluso se están activando zonas de ellos que generalmente se mantienen latentes. Estamos accediendo, entonces, a un estado de conciencia raras veces alcanzado durante la vigilia.

Lo que esto permite es ver todo con gran claridad. No nublan nuestro juicio el cansancio (que se produce en el estado theta), el sueño (propio del estado delta) o las distracciones que ocurren cuando estamos interactuando con el mundo en forma activa (típico del estado beta).

Mientras nos mantenemos en estado alfa estamos experimentando la plenitud máxima, porque nos podemos en contacto simultáneamente con nuestro cuerpo y con nuestra mente. Por un lado, nos vinculamos con el Universo y su energía, con la Sabiduría Cósmica, con todo lo intangible e invisible. Por otro, seguimos conscientes de nuestro físico.

Ahora bien, la clave para la salud emocional es el equilibrio. No se trata de negar los sentimientos desagradables: el dolor, la pena, la decepción, la frustración y la ira son una parte innegable de la vida. Nuestro cuerpo emocional se resiente sólo cuando estos sentimientos son tan grandes que hacen desaparecer las emociones positivas.

El estado alfa (la meditación) viene a nuestra ayuda en estos momentos. Cuando lo experimentamos, estamos sintetizando los dos aspectos opuestos de la existencia: lo intangible y lo material, lo positivo y lo negativo, el Yin y el Yang. Estamos en perfecto equilibrio.

BENEFICIOS DE LA MEDITACIÓN



No hay ninguna duda de que el principal beneficio que trae consigo la práctica regular y dedicada de la meditación es la sensación de plenitud que prácticamente corre por nuestras venas al ponernos en diálogo con nuestro verdadero Ser. La armonización de los dos hemisferios del cerebro, la suspensión de sus tensiones y la capacidad de ver más allá de lo tangible, lo material, de sabernos en contacto con el Universo, tiene consecuencias sobre nuestro cuerpo.


No es ningún secreto que quien se siente alegre, feliz, en paz consigo mismo, va a estar mucho más contento con su cuerpo, y se va a sentir mucho más cómodo con él. Nuestra predisposición emocional condiciona la salud del cuerpo en forma innegable. Y esto lo podemos comprobar muy fácilmente: ¿cómo nos sentimos aquellos días que dormimos mal? El cuerpo se siente tenso, contracturado. Nos ponemos de mal humor, porque no descansamos, porque sentimos fatiga, porque nos duele la espalda, la cabeza, el cuello. Y el transcurso del día empeora nuestro mal humor, que a su vez empeora los síntomas físicos.
Pensemos en la situación contraria a ésta; pensemos en una plácida mañana de domingo. Nos despertamos tranquilos, sin el ruido molesto del despertador, sintiéndonos descansados. El cuerpo no nos duele. Nos sentimos más alegres, o al menos, en paz. Las emociones positivas que sentimos repercuten en nuestro cuerpo. Es más: ayudan a mejorar el malestar que éste pueda presentar.
Por muchos años, el trabajo de los médicos occidentales se limitaba a estudiar los síntomas que presentaba el paciente, encontrar la enfermedad que los causaba y recetar los medicamentos necesarios para eliminarlos. Pero en la actualidad consideran también el factor emocional de las enfermedades. En otras épocas, una persona que sufría de dolores de espalda y fatiga crónica, hubiera recibido analgésicos para su espalda y vitaminas para la fatiga. Pero hoy, el médico se preocupa por saber si existe algún motivo emocional que pudiera causar esas molestias.
Quizás esta persona sufre de depresión. Quizás acaba de terminar una relación, o quizás haya fallecido recientemente un ser querido. La tristeza que siente no sólo afecta su capacidad de atención, su buen humor, sus ganas de trabajar, sino que también causa tensiones musculares (produciendo dolor de espalda) y pérdida del apetito (un organismo mal nutrido pierde energía y sufre de fatiga).
Este nuevo enfoque de la medicina tradicional la acerca más a las medicinas orientales, que consideran a los factores emocionales una parte integral de la salud, tan importante como el buen estado físico.
Por supuesto, una enfermedad no puede tratarse simplemente con meditación. Los tratamientos tradicionales y la medicación indicada por un profesional siempre deben seguirse al pie de la letra. Pero puede acompañarse por un tratamiento emocional y espiritual, que logra centrar nuestra mente, eliminar las tensiones mentales y las preocupaciones.
Eliminar las barreras que impiden vivir con paz y armonía es, después de todo, una forma de procurarnos salud.
Quien practica alguna forma de meditación todos los días, ve como, poco a poco, su relación con su cuerpo va mejorando. Por supuesto, es necesario ser paciente y no esperar que un dolor de espalda o la presión arterial alta se reviertan tras unos pocos días de meditación. Los beneficios de esta práctica son muy reales, pero no son inmediatos. La clave está en la constancia y la paciencia.

Constancia, para continuar practicando nuestros ejercicios de meditación sabiendo que progresivamente, en forma lenta pero segura, nuestra salud física y emocional mejorará.
Y paciencia, para esperar que estos beneficios lleguen poco a poco; no los podremos sentir de la noche a la mañana, pero con el pasar de las semanas nos iremos dando cuenta de que nuestro cuerpo va ganando salud, vitalidad y energía.

No es recomendable empezar a meditar teniendo como objetivo curar una enfermedad. La meditación es una forma de relajación, es una técnica para cultivar una mejor relación con nuestro Ser interior, una forma de sentirnos en comunión con el Universo, con la energía cósmica que dio origen a todo. Mejora nuestra concentración, la conciencia de uno mismo, nos vuelve personas más disciplinadas, sanas emocional, física y espiritualmente.

Hay quienes consideran que estos beneficios son un regalo divino. En cierta medida lo son: no existirían si no entráramos en contacto con la Divinidad que hay en nosotros mismos. Pero somos nosotros los que la buscamos, los que la dejamos correr por nuestro cuerpo y espíritu. La salud física y el balance emocional se debe siempre a un intenso trabajo interior.

Y ese trabajo interior debe ser el objetivo de cada sesión de meditación. Todos los beneficios que trae son un plus, un regalo. Que sólo llegará a nosotros si buscamos algo más que sentirnos bien con nuestro cuerpo, algo mucho más profundo que eliminar un dolor de cabeza o poner fin a la tristeza que nos acongoja.

La Iluminación es el objetivo final de toda técnica de meditación. Y debe ser también lo único que nuestros corazones desean. Sólo así podremos experimentar la plenitud, y los beneficios que ésta trae.